El Aliento Frío del Lino

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La vieja casa olía a polvo y a tiempo detenido, un perfume denso que se adhería a la garganta como un sudario. Clara, empujada por una curiosidad malsana, se adentró en el desván, un laberinto de baúles polvorientos y telarañas colgando como velos de novia fantasmales. El aire era gélido, a pesar del bochorno exterior, un frío que no provenía de ninguna corriente de aire sino de una quietud antinatural. Sus dedos rozaron una tela áspera, un mantel de lino bordado con intrincados diseños florales que parecían retorcerse ante sus ojos. Un murmullo bajo, casi inaudible, comenzó a vibrar en el silencio. No eran voces, sino un sonido gutural, un quejido prolongado que emanaba de las profundidades del tejido. Clara sintió un escalofrío recorrerle la columna vertebral. La temperatura descendió bruscamente, empañando el cristal de una vieja vitrina que contenía figuras de porcelana con rostros vacíos. El bordado del mantel pareció cobrar vida, los pétalos de las flores se alargaron en formas grotescas, las hojas se curvaron en garras diminutas. El murmullo se intensificó, transformándose en un susurro helado que le heló la sangre. Sintió una presencia inmensa, antigua y famélica, envolviéndola como una mortaja. Intentó retroceder, pero sus pies se aferraron al suelo de madera crujiente. El lino, antes inerte, se agitó con una fuerza propia, envolviendo sus tobillos como serpientes frías. El susurro se convirtió en un aliento gélido que le acarició el cuello, un soplo cargado de desesperación y olvido. Las figuras de porcelana en la vitrina giraron al unísono, sus ojos pintados fijos en ella. El desván entero pareció encogerse, las paredes acercándose, el techo descendiendo. La última visión de Clara fue la de los intrincados bordados, ahora retorcidos y oscuros, devorándola lentamente en la opresiva quietud del olvido.