La noche se tragaba las luces de neón de la ciudad como un hambriento voraz, y en el rincón de un bar de mala muerte, el detective Vargas apuraba un whisky con hielo que ya se había fundido hacía rato, la mirada perdida en las motas de polvo que danzaban en el escaso haz de luz que se filtraba desde la calle. Había recibido la llamada hacía apenas una hora: un hombre de negocios, conocido por sus tratos turbios y su fortuna amasada en la especulación inmobiliaria, yacía sin vida en su lujoso apartamento del distrito financiero. No había signos de entrada forzada, ni de lucha aparente, solo una extraña calma que olía a premeditación. Vargas se levantó, la silla chirriando contra el suelo sucio, y se ajustó el cuello de la gabardina gastada. La calle lo recibió con un aliento frío y el murmullo distante de sirenas. El apartamento era un mausoleo de buen gusto y soledad, las paredes cubiertas de obras de arte caras que ahora parecían burlarse del cadáver inerte sobre la alfombra persa. El médico forense, un tipo gris y eficiente llamado Ramírez, le indicó la causa preliminar: un veneno de acción rápida, indetectable en la mayoría de los análisis básicos. Vargas recorrió la estancia con la vista, deteniéndose en una pequeña caja de música sobre una mesita auxiliar, abierta, con su mecanismo detenido a mitad de melodía. No era el tipo de objeto que uno asociaría con un tiburón financiero. Alguien había entrado, administrado la sustancia, y salido sin dejar rastro, solo ese perfume sutil, casi floral, que flotaba en el aire viciado. Alguien que conocía las rutinas del difunto, sus debilidades, quizás incluso sus secretos más profundos. Vargas recogió la caja con un pañuelo, notando un diminuto grabado en su base: una inicial, «E». La ciudad guardaba más de una historia de venganza disfrazada de accidente, y él, Vargas, estaba a punto de desentrañar una más, una que olía a perfume caro y a una justicia tardía.
El Aroma del Desvelo
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