Don Ramón ajustaba su boina mientras esperaba el café de siempre en el Bar El Encuentro. El vapor de la cafetera y el murmullo de las prisas mañaneras eran su banda sonora diaria. Observaba a los transeúntes, cada uno una historia fugaz. Justo cuando el camarero depositaba su taza humeante, una joven, con el pelo revuelto y la mochila abierta, irrumpió, tropezando con él y derramando su propio café sobre su jersey. «¡Ay, lo siento muchísimo, de verdad!», exclamó ella, sonrojada y a punto de llorar por el contratiempo y la mancha. Don Ramón, en lugar de regañarla, sonrió con calma. «No se apure, muchacha. Tome el mío, está recién hecho y sin tocar». La joven lo miró, incrédula por un segundo, luego tomó la taza con manos temblorosas y un «Gracias, mil gracias» apenas audible, antes de desaparecer entre la multitud. Don Ramón suspiró, un poco de azúcar en su día rutinario, y pidió otro café.
El café de Don Ramón
·
