La plaza vibraba con una energía febril, no por la algarabía de la feria, sino por la silenciosa congregación que observaba, perpleja, el desmantelamiento del viejo teatro. Sus dorados y terciopelos, testigos de innumerables ilusiones, yacían ahora apilados, cubiertos de un polvo que olía a olvido. Los aplausos, otrora rugido de aprobación, se habían convertido en un murmullo de resignación ante la imparable marea de lo nuevo, lo efímero. Un hombre, con el rostro surcado por arrugas que parecían mapas de decepciones, observaba desde la penumbra de un callejón. Recordaba las noches en que las luces deslumbrantes prometían mundos distintos, escapatorias para almas fatigadas. Ahora, esas mismas almas se dispersaban, absortas en pequeñas pantallas luminosas que ofrecían simulacros de vida, efímeros y vacíos. El aire, antes cargado de expectativas, se sentía ahora denso, impregnado de una indiferencia helada. Se decía que la modernidad traía progreso, pero él veía solo un desmantelamiento paulatino de lo genuino, un reemplazo de la profundidad por la superficie pulida. Los carteles publicitarios, con sus sonrisas perfectas y promesas insustanciales, parpadeaban con una crueldad burlona. El edificio, vestigio de una era que valoraba la creación tangible, cedía su espacio a estructuras de cristal y acero, frías y desprovistas de alma. El hombre suspiró, un sonido apenas audible, y se alejó, un peregrino más en esta ciudad que construía su futuro sobre las ruinas de sus propios sueños.
El Circo de los Espejos Rotos
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