El Códice Silente

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Fray Anselmo, bajo la luz tamizada del scriptorium, reproducía con metódica dedicación las homilías de San Agustín. Su pluma de ave trazaba cada grafema sobre el vitela, pero un leve abultamiento en el margen de una lámina, una imperfección cromática, detuvo su labor. Con delicadeza extrema y un fino estilete, levantó una delgada piel de pergamino. Debajo, no halló el latín canónico, sino símbolos esotéricos y frases apócrifas, un texto proscrito, sepultado por siglos de ortodoxia. Una punzada de pavor le recorrió la espalda. El peso de la revelación lo oprimió; el artefacto era un testamento peligroso, una voz silenciada que ahora gritaba en sus manos. Con pulso vacilante, reintegró las hojas, ocultando la verdad bajo su velo original, consciente de que aquel arcano, si descubierto, podía consumir su existencia y la de toda la abadía.