Don Ramiro, un hombre de barba cana y perpetuo ceño fruncido, juraba que la tostada perfecta solo se lograba con una levadura secreta que él mismo cultivaba en su sótano, alimentándola con fragmentos de viejos periódicos y el aliento de sus dudas existenciales. Cada mañana, el ritual comenzaba con la molienda de granos de café tan oscuros que parecían haber presenciado la creación del universo, aspirando a un aroma que desmantelara cualquier atisbo de optimismo infundado. Su esposa, doña Elvira, una mujer de paciencia infinita y una sonrisa que desafiaba las leyes de la física, ya había aprendido a ignorar sus monólogos sobre la falacia del sol naciente y la inutilidad de las mariposas. Hoy, sin embargo, la tragedia acechaba: la levadura secreta, bautizada «Ignorancia Suprema», había decidido, en un acto de rebelión microbiana, mutar en algo parecido a un hongo alucinógeno con pretensiones artísticas. La tostada resultante, que don Ramiro contempló con horror y fascinación a partes iguales, no solo emitía un tenue fulgor verdoso, sino que parecía susurrarle chistes malos sobre la relatividad del tiempo y la absurda necesidad de llevar calcetines. Doña Elvira, sin inmutarse, simplemente tomó un trozo, lo mordió con parsimonia y declaró con una ligereza desconcertante: «Bueno, al menos esta vez no se quemó, Ramiro. Y mira, los calcetines sí que son importantes, ¿no crees?». El sabio escéptico, tras un largo momento de estupor, solo pudo articular un débil murmullo mientras la tostada verdosa le guiñaba uno de sus incipientes pseudópodos.
El Desayuno del Sabio Escéptico
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