La mañana comenzó cuando los muebles decidieron cambiar de lugar por cuenta propia. Martín, al despertar, encontró su cama flotando a un palmo del suelo y la mesa del comedor girando lentamente en el centro de la sala. El sillón orejero, su viejo compañero de siestas, se había encaramado al estante más alto de la librería, observándolo con una perezosa indiferencia. Intentó hablar, pero su voz no era más que un tintineo de campanas lejanas. Salió a la calle; el asfalto era ahora una gelatina vibrante y los coches, como peces de metal, nadaban por el aire. Un anciano le ofreció un café que olía a tiempo seco y le dijo: «Hoy es el día en que las sombras se casan con los espejos». Martín, sin comprender, vio cómo su reflejo en un charco le guiñaba un ojo y luego se desvanecía, dejando solo un eco de sillas vacías.
El eco de las sillas
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