El eco del muelle

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La lluvia golpeaba el cristal de la oficina de Malone, un eco monótono que acompañaba su whisky. La puerta chirrió, y una silueta empapada apareció: Laura, con los ojos de un gris tormentoso y el rímel corrido. «Mi hermana, Clara, ha desaparecido», dijo, deslizando un fajo de billetes arrugados. Clara se había enredado con los hombres de Costello, el tiburón del puerto. Malone encendió un cigarrillo, el humo denso mezclándose con la desesperación. Siguió el rastro hasta un almacén frío y olvidado en los muelles, el aire salado y el olor a óxido. La encontró atada a una silla, la mirada vacía, y en la pared, con pintura roja, un mensaje: «Esto es un aviso». El caso estaba cerrado, pero el silencio de Clara, pensó Malone, era un eco mucho más fuerte que la lluvia.