El eco sin reflejo

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Cuando Elías abrió los ojos, el espejo delataba una ausencia inquietante: su reflejo se había esfumado. Miró a su alrededor, palpó su rostro, pero la superficie solo devolvía el papel tapiz. Sin embargo, su sombra, pegada al suelo, se movía con una autonomía extraña. Elías levantó una mano, y la sombra, tras un segundo de vacilación, bailó un vals improvisado. Intentó ignorarla, desayunando un café que no podía ver, sintiendo la taza fantasma en sus dedos. La sombra, mientras tanto, se sentó a la mesa, bebió de su propia taza invisible y luego, con un suspiro de satisfacción, se levantó. Abrió la puerta de la calle, que para Elías permanecía cerrada, y salió caminando. Elías quedó en la penumbra de su cocina, una presencia sin forma, un eco en un mundo que ya no lo reflejaba.