Elara ajustaba los parámetros de la felicidad colectiva, una tarea monótona en la vasta Central de Armonización. Las pantallas mostraban ondas cerebrales en una constante pulsación de placidez, un éxito rotundo del Sistema de Calma. Un mediodía, mientras supervisaba la transmisión del Mensaje Unificado, un rostro en la multitud virtual parpadeó. Fue apenas una milésima de segundo: una contracción muscular imperceptible, un destello de algo que Elara no pudo identificar en sus bases de datos de emociones permitidas. No era tristeza, ni ira, ni siquiera aburrimiento; era una especie de anhelo primitivo, rápidamente sofocado por los moduladores ambientales. Elara sintió un escalofrío insólito, una ruptura en su propia neutralidad programada. La perfección del entorno, el aire filtrado, la ausencia de cualquier discordia, de repente le pareció una prisión de terciopelo. La ciudad, antes un monumento a la quietud, ahora revelaba un velo opaco sobre la verdadera experiencia humana. Su dedo se detuvo sobre el botón de reporte, un pequeño gesto de desobediencia mental.
El Filtro de la Apatía
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