El inquilino invisible

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La noche se cernía pesada sobre el apartamento de Daniel, el único habitante del viejo edificio. Un crujido metálico lo sacó de su lectura, un arrastrar lento y rítmico que venía del pasillo. Intentó ignorarlo, atribuyéndolo al viento o a la vejez de las tuberías, pero el sonido se hizo más definido, como uñas raspando el hormigón, acercándose a su puerta. Su corazón se aceleró. «No hay nadie más aquí», se dijo, la voz apenas un susurro. Luego, un golpe seco, como un puño pesado. Daniel se acercó a la mirilla, el ojo pegado al cristal frío, viendo solo la oscuridad impenetrable. Un aliento helado pareció rozar el cristal. La perilla de latón, oxidada y firme, comenzó a girar, despacio, con un chirrido agónico. Daniel retrocedió, su mente gritando. Sabía que nadie del mundo de los vivos podía estar haciendo eso.