Entre las pertenencias polvorientas de su abuelo, Mateo descubrió una llave de latón, pequeña y ornamentada, cuyo diseño no reconocía. No abría ninguna cerradura familiar; cada puerta, cada cofre, permanecía impasible a su tacto. Estuvo a punto de desecharla, considerándola un mero adorno sin propósito, cuando un grabado minúsculo en su vástago capturó su atención: una constelación estilizada. Aquel símbolo le trajo a la memoria la superficie de un viejo escritorio de caoba, arrinconado en el desván, donde una marca similar, casi imperceptible, había pervivido décadas bajo el barniz. Con una nueva determinación, subió las escaleras crujientes. Al insertar la pieza metálica en el punto exacto de la talla, un mecanismo interno cedió con un suspiro quedo, revelando un compartimento oculto. Dentro, no había joyas ni oro, sino un manuscrito encuadernado en cuero, detallando una estirpe olvidada y un tesoro de conocimientos ancestrales que reescribiría su propia historia familiar.
El Legado Entrecerrado
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