Anselmo, con su traje de luto que le quedaba un punto estrecho, observaba el féretro de la tía abuela Elvira con una mezcla de impaciencia y pragmatismo. La difunta, una dama de fortuna considerable y gustos excéntricos, había estirado la pata finalmente, y Anselmo, su único pariente vivo, aguardaba la lectura del testamento con la serena expectación de un buitre en la rama. El abogado, un hombrecillo con gafas finas y voz monótona, desgranó cláusulas y legados hasta llegar al punto culminante: la mansión, las joyas, la colección de arte modernista, todo pasaría a Anselmo, con una condición. Este debía encargarse personalmente de la «disposición final» de Cerbero, el perro disecado de tres cabezas que presidía el salón principal de Elvira desde hacía décadas. Anselmo frunció el ceño. No era un perro, sino una abominación peluda y polvorienta, un capricho de taxidermia victoriana que le había provocado pesadillas infantiles. -Entienden, ¿verdad? -inquirió el letrado, con una voz que prometía más papeleo que consuelo-, debe ser una cremación, y las cenizas esparcidas en el jardín de rosas que tanto adoraba su tía. Sin intermediarios. Anselmo suspiró, calculando el coste del combustible para el horno y la pala necesaria para escarbar entre los rosales. Al fin y al cabo, una mansión con piscina valía el pequeño esfuerzo de deshacerse de un monstruo de peluche. -Pues que sea -murmuró, imaginando el aroma a pelo quemado y la satisfacción de una propiedad libre de cánidos mutantes, aunque inertes.
El legado taxidérmico
·
