La lluvia golpeaba el asfalto con la furia de una vieja herida supurando. En el callejón, el olor a humedad y a secretos podridos se adhería a la gabardina de Marcial como una segunda piel. Buscaba a «El Sapo», un informante de poca monta con la lengua demasiado larga y una deuda pendiente con el tipo equivocado. Las farolas parpadeaban, arrojando círculos de luz amarillenta sobre los charcos aceitosos, testigos mudos de tratos turbios y promesas rotas. Marcial apretó el puño enguantado, sintiendo la fría dureza del revólver. Había llegado el momento de saldar cuentas, de cerrar un capítulo antes de que la noche se tragase todo. Un destello fugaz, un movimiento rápido entre los contenedores oxidados, y Marcial avanzó. No esperaba una bienvenida cordial, ni siquiera un saludo. Solo el silencio expectante de la miseria urbana. Un ruido seco, metálico, rompió la quietud. No era un disparo. Era la puerta de un garaje abriéndose. Allí, en el umbral, con la cara curtida por el miedo y la resignación, estaba El Sapo. Sus ojos, dos canicas asustadas, buscaron una vía de escape que no existía. Marcial levantó el arma, no con rabia, sino con la frialdad de quien cumple con un deber desagradable. El Sapo tragó saliva, un movimiento audible en la tensa atmósfera. La noche se hizo aún más densa, envolviendo la escena en una negrura casi absoluta. Un suspiro apenas perceptible escapó de los labios del informante. Entonces, Marcial apretó el gatillo.
El Ocaso del Sapo
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