El rastro del reloj de arena líquido

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Elías despertó con la certeza de que el silencio había adquirido una textura de terciopelo morado; sus pies, al tocar el piso, no produjeron sonido, sino una leve vibración que ascendía por sus piernas como una enredadera invisible. Las ventanas de su habitación no mostraban el amanecer habitual; en su lugar, un firmamento de engranajes diminutos giraba con una lentitud majestuosa, cada diente un pequeño sol que no calentaba. Al intentar beber agua del grifo, el líquido se desprendió en pequeñas esferas ingrávidas que rebotaban en el aire antes de desintegrarse en un susurro de cristal pulverizado. Decidió salir, aunque la puerta no era la misma; ahora era un lienzo que invitaba a ser atravesado, y al hacerlo, sintió una brisa que olía a libros antiguos y a lluvia recién caída sobre un campo de menta. En la calle, la gente caminaba con paraguas abiertos hacia arriba, no para protegerse de una precipitación, sino para atrapar los pensamientos fugaces que descendían del cielo como motas de polvo mental. Un músico, en lugar de tocar un instrumento convencional, soplaba burbujas de melodías que estallaban en colores vibrantes, cada explosión liberando una nota diferente que se disolvía en el aire. Elías se dio cuenta de que su propia voz, al intentar preguntar algo, se materializaba en pequeñas mariposas de vidrio que revoloteaban a su alrededor antes de desaparecer por completo. Observó cómo un anciano ofrecía dulces a un banco de peces que nadaban en el pavimento, y los peces, con aletas de seda, devoraban los caramelos con una delicadeza inusual. La ciudad entera vibraba con una lógica invertida, donde lo imposible era la norma y la realidad una mera sugerencia que se desvanecía. Al final del día, cuando el cielo de engranajes comenzó a desacelerar su giro, Elías sintió que su propio cuerpo se volvía etéreo, sus contornos se desdibujaban, y comprendió que se había convertido en una de esas mariposas de vidrio, un pensamiento fugaz en la inmensidad de un día que nunca había sido.