El café de la mañana tenía un sabor a óxido, pero no le sorprendió. Lo que sí lo hizo fue la mujer en su espejo. No era él, no del todo. Sus ojos eran los suyos, sí, pero el resto del rostro, la mandíbula firme, el lunar bajo el ojo izquierdo, pertenecían a una desconocida. Aun así, cada vez que él levantaba la taza, ella lo hacía. Él frunció el ceño, y la mujer imitó el gesto con una extraña melancolía. Decidió afeitarse, buscando una explicación. Al deslizar la cuchilla por su mejilla, la mujer del espejo gimió, y una fina línea de sangre apareció en la mejilla de ella, no en la suya. Él soltó la navaja. Ella sonrió, una sonrisa lenta y extraña, y entonces su propio rostro empezó a difuminarse, a volverse transparente, mientras el de la mujer en el cristal se solidificaba, nítido y real, ocupando su lugar por completo. El café, ahora, sabía a nada.
El Reflejo Inoportuno
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