El señor Gregorio despertó una mañana con la extraña sensación de que algo no encajaba. Al mirarse al espejo del baño, su reflejo bostezó un segundo antes que él, con una languidez que no le era propia. Gregorio parpadeó, perplejo. Levantó la mano derecha, pero su doble en el cristal ya estaba ajustándose la corbata, con una expresión de prisa que nunca había visto en sí mismo. Intentó un saludo, un «hola», pero el reflejo, con un gesto exasperado, se desabrochó el cuello de la camisa y desapareció por el borde del marco, como si el espejo fuera una puerta a otra dimensión. La superficie se quedó vacía, mostrando solo la pared de azulejos. Gregorio se sintió extrañamente huérfano, sin su compañero silencioso. Se preguntó si su reflejo, ahora libre, estaría disfrutando de un desayuno que él no podría probar.
El Reflejo Libre
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