El viejo reloj de la sala siempre marcaba las tres y media, sin importar la hora real del día. Elena, acostumbrada, solía ignorarlo, considerándolo un capricho más de su abuela ya fallecida. Una noche, el familiar tic-tac se detuvo abruptamente, dejando un silencio pesado y antinatural que llenó la casa. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando la manecilla horaria, de repente, se movió sola; no para marcar la hora correcta, sino para apuntar directamente hacia su cama. Un frío gélido la envolvió, y un susurro apenas audible, parecido al de su abuela, repitió su nombre desde el rincón más oscuro de la habitación. La manta no era suficiente para protegerla. La puerta del armario, que juraba haber cerrado, se abrió lentamente, revelando la silueta de un niño pequeño, con unos ojos demasiado viejos y extrañamente familiares.
El Reloj Detenido
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