El Relojero de Nubes

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El relojero de nubes, con sus dedos hechos de neblina y sus ojos como gotas de rocío, ajustaba las manecillas de un cúmulo algodonoso que marcaba las horas del olvido. El taller, suspendido entre el anochecer y un amanecer perpetuo, olía a ozono y a galletas recién horneadas, un aroma incongruente que solo él parecía notar. De pronto, una lluvia de luciérnagas caía desde el techo abovedado, cada una portando un diminuto engranaje de latón pulido que él recogía con reverencia. Un cliente habitual, un hombre con sombrero de copa hecho de periódicos viejos y un abrigo tejido con hilos de luna, entró sin hacer ruido, sus pasos resonando como el murmullo de un río subterráneo. -Mi tiempo se ha vuelto demasiado denso -dijo con una voz que sonaba a papel arrugado-. Las manecillas se atascan en los recuerdos. El relojero asintió, sus gestos lentos y precisos mientras seleccionaba un péndulo de cristal líquido. Lo calibró con un suspiro que agitó las cortinas hechas de seda de araña, y luego lo insertó en el mecanismo celestial del cliente. Una vez colocado, el sombrero de periódicos pareció aligerarse, y el abrigo lunar recuperó su etéreo brillo. El hombre sonrió, una curva efímera en su rostro de tinta, y se desvaneció entre las sombras danzantes que jugaban en las esquinas del espacio. El relojero, con la tarea cumplida, observó cómo el sol naciente, hecho de ámbar fundido, comenzaba a teñir el horizonte de tonos imposibles, mientras él, con una sonrisa secreta, empezaba a diseñar el próximo mecanismo para un día que aún no existía.