El Silencio de las Mareas Muertas

·

La bruma salina se aferraba al aire como un sudario húmedo, envolviendo la pequeña barca a la deriva en una penumbra perpetua. El viejo pescador, con las manos curtidas aferradas al remo inerte, sentía la opresión de un vacío antinatural; no había gaviotas que graznaran, ni el chapoteo familiar de los peces bajo el casco, solo un quietud sepulcral que le helaba la médula. Hacía horas que el sol se había escondido tras una cortina grisácea, pero la oscuridad que ahora lo rodeaba no era la de la noche, sino una que emanaba de las profundidades, una que parecía absorber la luz misma. De pronto, un leve murmullo ascendió desde el abismo, un sonido que no pertenecía a ninguna criatura conocida, una vibración que resonaba en sus huesos. Las aguas alrededor de la embarcación comenzaron a agitarse, no con oleaje, sino con una inquietud interna, como si algo inmenso y maligno se estuviera desperezando bajo la superficie. Un tentáculo viscoso, de un tono violáceo enfermizo, emergió con lentitud aterradora, palpando el aire con una torpeza deliberada, sus ventosas abriéndose y cerrándose en un ritmo hipnótico y nauseabundo. El pescador cerró los ojos, la boca seca, cada fibra de su ser clamando por un grito que se negaba a salir. La forma se acercó, la bruma se espesó aún más, y sintió una presión helada envolverlo, una presencia antigua y hambrienta que lo reclamaba como suya. El leve murmullo se intensificó, transformándose en un susurro gutural que prometía olvido eterno en las fauces de lo insondable.