El Silencio Que Respira

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La vieja casa crujía bajo el peso de una noche sin luna, un lamento constante de maderas viejas y corrientes de aire furtivas que se colaban por las grietas. Clara, acurrucada bajo un edredón pesado, intentaba ignorar la inquietud que le atenazaba el pecho. No eran los ruidos habituales de una estructura centenaria; había algo más, una presencia palpable que se deslizaba por los pasillos oscuros, un aliento gélido que rozaba su piel incluso con las ventanas cerradas herméticamente. Recordaba las historias que su abuela le contaba sobre los antiguos habitantes, susurros de desdichas y presencias que se negaban a partir. Una puerta en el piso de arriba, siempre cerrada con llave, comenzó a vibrar suavemente, un golpeteo rítmico que se intensificaba con cada latido de su corazón acelerado. El aire se tornó denso, cargado de un olor a tierra húmeda y olvido. De repente, un hilo de luz cobriza, tenue y temblorosa, se deslizó por debajo de la puerta de su habitación, alargándose como una lengua viscosa sobre el suelo de madera desgastada. Se quedó inmóvil, paralizada por un terror ancestral, mientras la luz se retorcía y se elevaba, adoptando una forma vagamente humanoide, etérea y amenazadora. No había ojos, pero sentía una mirada penetrante, una conciencia antigua que la observaba con una curiosidad insoportable y maligna. El golpeteo en el piso de arriba cesó abruptamente, reemplazado por un arrastrar lento y pesado que se dirigía escaleras abajo, acercándose inexorablemente. Clara cerró los ojos con fuerza, deseando desaparecer, pero el frío emanado por la figura lumínica le heló hasta los huesos, un toque gélido que prometía una eternidad en la oscuridad que ahora la envolvía por completo.