El aire helado de la noche romana acariciaba la piel curtida de Marco, mientras sus dedos trazaban los contornos de la estatua recién desenterrada en las ruinas de una villa olvidada; el mármol, que guardaba el secreto de una época de esplendor y decadencia, emanaba una frialdad que calaba hasta los huesos, un vestigio de manos que antaño le dieron forma con pasión y maestría. Había sido un día de fatiga inmensa, de sudor y tierra removida bajo un sol implacable, pero la visión de esa figura de mármol, con su pose noble y su rostro sereno, disipaba cualquier rastro de agotamiento. Marco, un humilde agricultor con una curiosidad insaciable por los vestigios de sus ancestros, sentía la conexión con el pasado vibrar en cada partícula de polvo que se adhería a su túnica. Imaginaba al escultor, el artista cuyo nombre se había desvanecido en el torbellino de los siglos, imprimiendo en la piedra la esencia de una musa o de un héroe, cada detalle una oda a la perfección estética. De pronto, un movimiento furtivo entre las ruinas captó su atención; no era el viento ni un animal nocturno, sino la silueta de un hombre con un atuendo que delataba su pertenencia a la guardia pretoriana, una presencia ominosa en aquel lugar solitario. El soldado se acercó con sigilo, su mirada penetrante escrutando la estatua y luego a Marco, una interrogación silenciosa en sus ojos. Marco, con el corazón latiendo desbocado, entendió el peligro; la belleza descubierta podía ser también una fuente de codicia para aquellos que buscaban saquear los tesoros ocultos. Sin mediar palabra, se levantó, dejando la estatua a la luz tenue de la luna, y se internó en la espesura de los cipreses, desapareciendo en la oscuridad como si la propia noche lo hubiera engullido, protegiendo el secreto del mármol frío, un tesoro que aún no estaba listo para ser revelado al mundo.
El Susurro del Mármol Frío
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