La vieja casa crujía con cada ráfaga de viento. Martín intentaba leer, pero un rasguño constante venía del sótano. Bajó las escaleras, el aire pesado y frío. La puerta de madera, que juraba haber clausurado hacía años, estaba ligeramente abierta. Un hilo de luz parpadeaba dentro. Empujó, revelando un espacio diminuto, lleno de muñecas rotas y telarañas. Una de las muñecas, con un ojo de botón colgando, parecía mirarle fijamente. De pronto, el rasguño se detuvo, reemplazado por un susurro infantil justo detrás de él. El frío se hizo insoportable. Martín no pudo girarse. La puerta del sótano se cerró con un golpe seco. La oscuridad lo envolvió, y el susurro le prometió compañía eterna.
El Susurro del Sótano
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