Elías se despertó con la certeza de que algo había cambiado en la textura del aire, una vibración imperceptible que anunciaba un giro. Intentó beber su café matutino, pero el líquido se solidificó en una gema opaca al rozar sus labios, desprendiendo un aroma a madera quemada. Al intentar sentarse, la silla de madera se deshizo en una cascada de arena fina, susurrando melodías olvidadas. El suelo bajo sus pies parecía ondular, como una superficie acuática que invitaba a la inmersión. Comprendió que el mundo no había mutado; era él quien ahora percibía cada substancia con una sensibilidad nueva, un tacto invertido. Se dejó caer sobre el lecho de densidad etérea que antes era su cama, contemplando cómo el techo, ahora una extensión de nubes pétreas, comenzaba a llover diminutas campanillas de cristal, cada una con un sonido que solo él podía palpar.
El Tejido Inestable
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