El Último Desayuno del Buen Don Ramiro

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Don Ramiro, con su habitual jovialidad, observaba el revuelo matutino desde su sillón favorito, un mueble tapizado en terciopelo ajado que había presenciado décadas de sus peculiares bromas. Hoy, sin embargo, la atmósfera era distinta; el aroma del café recién hecho se mezclaba con un cierto dulzor empalagoso que a nadie se le escapaba, ni siquiera a su perra, la fiel y ahora muy quieta Canela, que yacía a sus pies con una expresión imperturbable. El doctor, ese hombre con bata impecable y sonrisa forzada, explicaba con voz meliflua las bondades de un nuevo tratamiento experimental, mientras su esposa, Doña Elvira, una dama de férrea voluntad y mirada penetrante, asentía con una solemnidad que rayaba en la burla. Don Ramiro, sintiendo una extraña ligereza en las extremidades, levantó su taza de porcelana delicada, aquella que tanto apreciaba por sus finos dorados. «Bueno, bueno,» musitó con una chispa en los ojos, «parece que hoy el menú es más… enriquecido de lo habitual. Espero que el digestivo sea tan memorable como los postres de la abuela.» El médico carraspeó, ajustándose las gafas, pero Doña Elvira, con un gesto casi imperceptible, posó su mano sobre la de su esposo, una caricia que él percibió como un leve escalofrío. El sol se filtraba por la ventana, iluminando las motas de polvo danzantes, y Don Ramiro, antes de que la visión se volviera borrosa, captó la fugaz satisfacción en el rostro de su cónyuge, una expresión que contrastaba vivamente con el llanto contenido de los nietos que jugueteaban ajenos en el jardín. La última cucharada de galleta, empapada en esa bebida tibia y extrañamente reconfortante, le supo a olvido, a una paz anticipada y, por qué no decirlo, a un final excelentemente orquestado.