El joven reportero, Elías, ajustó el micrófono sobre la mesa de caoba, su pulso acelerado. Frente a él, en la penumbra de un estudio que parecía detenido en el tiempo, la figura de la afamada novelista, Vera Altamira, aguardaba con una serenidad inquietante. Sus ojos, profundos como pozos, observaban cada movimiento de Elías. -Señora Altamira -comenzó él, con la voz algo tensa-, su nueva obra ha generado gran expectación. ¿Podría hablarnos del proceso creativo? La escritora sonrió apenas, un gesto que no alcanzó sus pupilas. -El proceso es siempre el mismo: observar, escuchar, y luego, escribir lo que otros no se atreven a nombrar. La conversación fluyó por derroteros literarios durante un tiempo, Elías formulando preguntas preparadas, Vera respondiendo con una elocuencia calculada. Sin embargo, el periodista percibía una corriente subyacente, una historia no contada que pugnaba por emerger. Decidió arriesgarse. -Hay quienes sugieren que sus personajes principales, tan atormentados, están inspirados en hechos reales, en personas que usted conoció íntimamente. La atmósfera cambió drásticamente. El aire se volvió denso. Vera inclinó la cabeza, su mirada fija en Elías. -Todos mis personajes son reales -murmuró, su voz descendiendo a un susurro que apenas quebró el silencio. -¿Incluso el asesino de su primera novela, aquel que se desvaneció sin dejar rastro? -insistió Elías, sintiendo un escalofrío ascender por su espalda. La escritora se levantó lentamente, su silla chirriando un leve lamento. Caminó hacia la ventana, contemplando el jardín frondoso. -Ese, sobre todo, es real. Y no se desvaneció. Solo cambió de ubicación. Luego, se giró hacia Elías, una expresión indescifrable en su rostro. -La entrevista ha concluido. Elías recogió sus cosas con manos temblorosas, el magnetófono aún registrando el denso mutismo. Salió al sol de la tarde con el peso de una confesión implícita, una verdad peligrosa y una certeza: él no era el único que había entrado en el estudio esa tarde.
El Último Interrogante
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