El Virtuoso del Emparedado Esfumado

·

Horacio se consideraba a sí mismo un virtuoso de la prestidigitación comestible, un maestro en la sutil disciplina de hacer desaparecer su almuerzo diario sin dejar rastro aparente en su cubículo. Su máxima era la invisibilidad: el emparedado debía esfumarse del escritorio como por arte de magia, sin que nadie en la oficina percibiera el proceso. Un martes particularmente soleado, mientras preparaba su ritual, notó con una punzada de indignación que el insoportable señor Pérez había depositado un bocadillo idéntico al suyo, un emparedado de atún con pimientos, justo al lado del suyo. Aquello no era una coincidencia; era un desafío directo, una afrenta a su discreción. Horacio, con la adrenalina de un espía en misión, activó su protocolo de sigilo. Se deslizó bajo la mesa con una agilidad sorprendente para su complexión, sus movimientos calculados, su mirada de halcón fija en el doble objetivo. Sus compañeros de departamento, absortos en sus pantallas, apenas notaron las extrañas contorsiones que su cuerpo realizaba por debajo del nivel visual, interpretándolas quizás como una peculiar rutina de estiramientos. Con una concentración sobrehumana, y el sudor perlado en su frente, Horacio manipuló ambos almuerzos, ejecutando su técnica con una precisión milimétrica. Finalmente, con un jadeo de triunfo silencioso, emergió, y ambos emparedados habían volatilizado. Pérez se acercó a su puesto, observó el espacio vacío donde antes reposaban los dos tentempiés y, con una sonrisa que Horacio encontró inexplicablemente condescendiente, comentó: -Vaya, Horacio, parece que te ha gustado mi receta de atún otra vez. ¿No te aburre mi aderezo secreto?-. Horacio se quedó petrificado, su «arte» desvelado, su reputación de maestro del sigilo culinario reducida a la de un simple glotón descarado.