Geografía de un Asedio

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El candil parpadeaba sobre la mesa del cartógrafo, iluminando los últimos detalles de un mapa fluvial. El sudor perlaba la frente de Elías mientras su buril trazaba con pericia los meandros del Serpis, vital para la defensa de Xàtiva. Fuera, el estruendo de los arietes castellanos era una pulsación constante contra la piedra, un presagio funesto que se intensificaba con cada golpe. De repente, un grito agudo irrumpió en la quietud: “¡Han roto la muralla sur!”. Elías se detuvo, el corazón desbocado. Aquel pergamino, fruto de meses de observación y riesgo, representaba la clave de la resistencia o la hoja de ruta para la invasión. No podía caer en manos enemigas bajo ningún concepto. Sin vacilar, tomó el tintero de hierro y lo volcó con firmeza sobre la intrincada red de líneas y nombres, anegando el trabajo de una vida bajo una mancha oscura. La ciudad podría caer, pero su conocimiento estratégico no sería su perdición.