La Arquitecta de Suspiros Olvidados

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La señora Elara, con sus dedos de marfil y un sombrero adornado con plumas de colibrí dormido, trazaba en el aire la planta de un edificio que solo existía en el cruce de miradas perdidas. Cada línea que dibujaba materializaba un sonido desvanecido, una risa de infancia ahogada en el tiempo o el murmullo de una confesión jamás pronunciada. Las paredes emergían de la niebla matinal, construidas con la melancolía de los cafés cerrados y el aroma de los libros que nadie abría. Una puerta, tallada con el gesto de sorpresa de un niño al ver una estrella fugaz, se abrió hacia un jardín donde los relojes florecían y sus manecillas marcaban la hora del olvido. Un río de tinta rala serpenteaba entre rocas de cristal, llevando consigo las promesas rotas y los adioses silenciosos. En el centro, un árbol cuyas hojas eran fragmentos de canciones inconclusas emitía una tenue luminescencia. De pronto, el suelo vibró con la cadencia de un corazón que se detenía, y Elara, sin inmutarse, recogió una de las flores-reloj, observando cómo sus pétalos se desprendían uno a uno, liberando un aroma a nostalgia dulce, antes de disolverse ella misma en un suspiro que se elevó, volviéndose parte del tejado efímero de su propia creación.