La Ciudad Ámbar

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El hombre de los ojos de ámbar despertó. No en su cama, sino en una calle empedrada con nubes de azúcar que se desvanecían al tacto. Los edificios eran siluetas de deseos olvidados, sus ventanas parpadeaban con anhelos ajenos. Intentó hablar, pero su voz era un murmullo de cascadas lejanas, inaudible. Un gato con alas de mariposa pasó volando, llevando en su boca un reloj de arena que marcaba el tiempo al revés. Una anciana, sentada en un banco de luz lunar, tejía el sol con hilos de luna, sus agujas tintineaban con melodías que solo ella escuchaba. El hombre sintió una extraña familiaridad, como si cada esquina le recordara un sueño que nunca tuvo. Al llegar a una plaza donde los árboles daban frutos de cristal que susurraban secretos, se dio cuenta de que no había despertado *en* la ciudad, sino *como* la ciudad. Sus propios pensamientos eran los adoquines, sus recuerdos, los edificios. Y entonces, un nuevo deseo ajeno parpadeó en una de sus ventanas.