La Danza de los Relojes Descosidos

·

Las horas, como hilos sueltos de un tejido cósmico, se desprendían de los relojes de arena que flotaban en el aire tibio de la habitación. Un zumbido grave, similar al murmullo de las abejas en un panal de cristal, llenaba el espacio, mientras los números de las esferas giraban en sentido inverso, tejiendo un tapiz de instantes perdidos. El protagonista, un hombre con un sombrero de copa hecho de nubes compactadas, observaba con una mezcla de asombro y resignación cómo las manecillas de un reloj de bolsillo, abierto en su palma, se retorcían como gusanos plateados. De repente, una puerta pintada en la pared, una puerta sin marco ni pomo, se abrió de golpe, revelando un paisaje de montañas de queso fundido bajo un cielo de caramelo. Una figura etérea, vestida con las páginas de un libro antiguo, emergió con una sonrisa que dejaba entrever dientes de cuarzo. Le ofreció una taza de té humeante, cuyo vapor dibujaba constelaciones efímeras en el ambiente. Al dar un sorbo, el hombre sintió que sus pies se desprendían del suelo, elevándose hacia el techo, donde las lámparas eran pequeños soles danzantes. El mundo se plegó sobre sí mismo, y las montañas de queso se convirtieron en un océano de tinta, en el que nadaban peces hechos de melodías olvidadas. El zumbido cesó, reemplazado por el susurro de las olas que rompían contra la orilla de su propio pensamiento. Al final, el hombre se encontró sentado en una silla que era una mano gigante, mirando cómo el último hilo de tiempo se disolvía en la nada, dejando tras de sí solo el aroma a lavanda y a recuerdos que nunca habían existido.