El polvo milenario se adhería a las túnicas de Larentio mientras sus dedos recorrían los papiros enrollados, cada uno un universo de saber a punto de desvanecerse. La Gran Biblioteca de Alejandría, antaño faro de la erudición, ahora olía a incienso rancio y a la desesperación silenciosa de quienes se aferraban a fragmentos de conocimiento ante la inminente tormenta. Larentio, un humilde escriba con la vista cansada y el alma inquieta, había pasado décadas copiando y catalogando, creyendo que su labor era un baluarte contra la ignorancia. Pero la ciudad bullía con rumores de ejércitos invasores, y el fuego, ese destructor implacable, se cernía como una amenaza palpable en el aire salobre del Mediterráneo. Una noche, mientras las antorchas parpadeaban en los altos corredores, se escucharon gritos lejanos, presagios de la catástrofe. Larentio, impulsado por un instinto primordial, no buscó refugio sino un pequeño cofre de madera reforzada. Lo había llenado con los manuscritos más preciados, aquellos que contenían las teorías de Arquímedes y los versos de Safo, un puñado de estrellas que esperaba poder salvar de la noche perpetua que se avecinaba. Corrió entre el caos creciente, el rugido del mar mezclándose con el crepitar infernal que empezaba a devorar las alas del conocimiento. Al salir por una puerta lateral, el cielo ya se teñía de un naranja siniestro, y sintió el calor abrasador en la espalda. Se internó en las callejuelas laberínticas, el cofre apretado contra su pecho como si fuera el último aliento de un ser amado, dejando atrás el esplendor en llamas de un mundo que se consumía, llevando consigo solo una promesa silenciosa de que, tal vez, algún día, las cenizas darían lugar a nuevas semillas.
La Llama de Alejandría
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