La Maleta de la Sombra

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La mañana se deshizo cuando Elías notó que su sombra, usualmente anclada a sus pies, se había despegado del suelo. Estaba de pie junto al armario, doblando cuidadosamente un par de calcetines invisibles en una maleta minúscula. «¿A dónde vas?», balbuceó Elías, la voz pastosa de incredulidad. La sombra, sin mirarlo, emitió un suspiro que sonó a roce de papel viejo. «Es hora de ver el mundo. Este suelo ya me conoce demasiado bien». Elías intentó retenerla, extendiendo la mano, pero su palma solo atravesó el vacío. Con un último botón abrochado y un cierre que no hizo ruido, la sombra salió por la puerta, dejando tras de sí un halo de penumbra que antes no estaba. Elías se quedó solo, observando el hueco que había dejado. Al girar, otra sombra, más pequeña y con un ligero temblor, se proyectó a sus pies. Lo miró con expectación, como si esperara instrucciones, o tal vez, su propio viaje.