La Precisión del Adiós

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Ernesto, el encargado de la sala de combustión, siempre insistía en que la meticulosidad era la piedra angular de su oficio. No había espacio para sentimentalismos en el proceso final, solo para la eficiencia y una atención impecable al detalle. Su jornada arrancaba con el inventario de las «órdenes de salida», cada una un expediente pulcro con el nombre del difunto, la causa de su partida y las especificaciones para sus postreros restos. Para él, eran más bien paquetes delicados que requerían un manejo experto. Le gustaba especialmente la exactitud de los ciclos de temperatura, el zumbido constante de los ventiladores y el control preciso del tiempo; una ligera desviación y el resultado no sería el óptimo, algo que él consideraba una afrenta personal. Un martes particularmente ajetreado, con una tanda de seis fallecidos por diversas dolencias, Ernesto notó que uno de los recipientes presentaba una anomalía: el finado, un corpulento caballero, había llegado con un marcapasos aún implantado. Con una sonrisa apenas perceptible, Ernesto murmuró para sí: -Vaya, este señor quería seguir marcando el ritmo hasta el último aliento. Se aseguró de que el dispositivo fuera retirado con el cuidado debido, previniendo cualquier inconveniente técnico que pudiese interrumpir la armonía de su cadena de producción. Al caer la tarde, con todos los restos debidamente procesados y las urnas selladas, Ernesto se permitía un pequeño ritual: un sorbo de aguardiente, contemplando la impecable limpieza de su dominio, y un brindis silencioso. -Hasta la próxima, -murmuraba, sabiendo que la vida, con su caótica diversidad, siempre le traería más trabajo.