La Sombra del Umbral

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El crujido provino del ático, un sonido seco y arrastrado que rompió el silencio de la noche. Marta, sola en casa, contuvo el aliento, el corazón martilleando contra sus costillas. No era el viento; las ventanas estaban cerradas. Un segundo crujido, más cerca, como si algo pesado se moviera justo encima de su dormitorio. Se levantó de la cama, la piel de gallina, y descalza se acercó a la puerta, pegando la oreja a la madera fría. Un rasguño. Luego, un susurro gutural, ininteligible, que parecía filtrarse por las rendijas. Sintió un aliento helado en la nuca. Al girarse lentamente, la figura alta y delgada estaba allí, en el umbral, sus ojos negros fijos en los suyos. No tenía rostro, solo una oscuridad infinita. Marta quiso gritar, pero el sonido se ahogó en su garganta mientras la sombra se inclinaba, su frío abrazo envolviéndose alrededor de ella.