Los Hilos de la Gran Vía

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El sol de la tarde se derramaba sobre el asfalto caliente, tiñendo de oro los edificios centenarios y las fachadas publicitarias que competían por la atención. Doña Elvira, con su andar pausado y su cesta de mimbre repleta de pan recién horneado, se abría paso entre la marea humana que fluía por la arteria principal. Cada mañana, antes del amanecer, su obrador desprendía un aroma reconfortante, una promesa dulce que despuntaba sobre el murmullo incipiente de la ciudad. Hoy, sin embargo, una ligera inquietud la embargaba; el joven Mateo, su ayudante y único nieto, no había respondido a sus llamadas. Mateo, con sus sueños de músico y sus dedos ágiles para la masa, representaba la continuidad de su legado, el eslabón más joven de una cadena forjada con harina, levadura y paciencia. Mientras sorteaba a un grupo de turistas absortos en sus mapas, sus pensamientos vagaban hacia las posibles distracciones del chico: un ensayo improvisado en alguna plaza escondida, una conversación apasionada con algún compañero de banda, o quizás, la simple lentitud de un corazón joven que aún no medía el tiempo con la urgencia de los años. Al doblar la esquina hacia su callejuela, un sonido familiar la sobresaltó: las notas vibrantes de un saxofón, melancólicas y poderosas, llenaban el aire. Y allí estaba él, Mateo, con los ojos cerrados, su instrumento brillando bajo la luz menguante, rodeado por un pequeño círculo de oyentes cautivados. Una sonrisa se dibujó en el rostro de Elvira; la música, a veces, era el lenguaje más directo para responder a las ausencias, el modo más elocuente de decir «aquí estoy». Dejó la cesta reposar un instante, permitiendo que el sonido la envolviera, y esperó pacientemente a que la melodía concluyera, sabiendo que la conversación, cuando llegara, sería más dulce y profunda que cualquier reproche.