Marea Baja en el Muelle

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Elías, un tipo con el alma curtida por mil amaneceres grises, empujó la puerta batiente del «Ancla Rota». El ambiente, una densa amalgama de nicotina y desesperación, se le pegó a la ropa. Su mirada, experta en detectar el pánico, se posó en Vinnie, encogido junto a una mesa coja, sus dedos temblorosos jugueteando con un vaso vacío. La voz de Elías, un arrullo áspero, recordó la deuda vencida. El otro, un hilillo humano, negó con la cabeza, suplicando con ojos acuosos que nada poseía. Elías no se conmovió; conocía la danza de la escasez. Un movimiento rápido, una mano que se cerraba sobre la camisa barata de Vinnie, y el cuerpo se desplomó contra la madera astillada del suelo. Un fajo de billetes, exiguo y arrugado, apareció de un bolsillo interior: apenas una fracción de lo adeudado. Elías se irguió, el botín insatisfactorio en su palma. Afuera, la brisa marina traía el hedor del puerto y la promesa de otra noche idéntica, donde la justicia siempre tenía un precio incompleto.