Perfume y Sombra

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El humo del Chesterfield se enroscaba en la lámpara de mi despacho, un halo amarillento sobre la foto de la mujer. Se llamaba Elena y había desaparecido hacía tres noches, dejando solo una nota críptica y el rastro de un perfume caro. Su marido, un tipo con más dinero que escrúpulos, insistía en que la encontrara, pero sus ojos delataban algo más que preocupación. La primera pista me llevó a un club nocturno de mala muerte, donde un camarero me susurró sobre un tal «El Sombra», un prestamista con conexiones turbias. Al día siguiente, una llamada anónima me citó en el viejo almacén del puerto. Entré con la Colt bien sujeta, el corazón latiéndome como un tambor. Dentro, no había nadie. Solo un sobre manila con una foto de Elena riendo junto al marido de su hermana. La nota decía: «A veces, la verdad es más sucia que la mentira». Y justo entonces, el almacén se sumió en la oscuridad. Un golpe seco en la nuca me mandó al suelo, y al despertar, el sobre había desaparecido. La verdad, pensé, siempre tenía un precio, y el mío acababa de subir.