El primer rayo de sol pugnaba por abrirse paso entre los edificios, apenas tibio, cuando Don Anselmo levantó la persiana metálica de su diminuto establecimiento. El aire matutino, aún fresco, se mezcló de inmediato con el penetrante aroma a café recién molido que impregnaba el local. Con movimientos pausados pero certeros, el viejo preparó la máquina borboteante, un ritual diario que había perfeccionado durante décadas. Poco después, la puerta tintineó, anunciando la llegada de un hombre de traje impecable, con el ceño fruncido por la prisa. -Un cortado, como cada día -articuló el cliente, sin siquiera mirar a Don Anselmo, extendiendo una moneda. El barista asintió, sirviendo la humeante bebida en la taza habitual. El oficinista la apuró de un trago, dejó el dinero sobre el mostrador y se esfumó tan rápido como había aparecido, engullido por el ajetreo urbano. Don Anselmo, sin inmutarse, limpió la superficie con un paño, listo para la siguiente oleada de madrugadores, complacido con el inmutable compás de su rincón.
Ritmo de cafetera
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