Elara, siempre puntual y con cada detalle de su existencia meticulosamente organizado, cruzó el umbral de «El Árbol de Papel», una librería vetusta cuya fachada prometía un laberinto de historias y el aroma inconfundible del papel envejecido. Buscaba una primera edición de Calvino para un cliente particularmente exigente, cuando un joven, con el cabello revuelto y una mancha de tinta en el pulgar, emergió de detrás de una pila tambaleante de volúmenes, casi colisionando con ella. -Disculpe mi caos -dijo él, con una sonrisa que desarmaba cualquier objeción inicial-. Leo, para servirle, o para desorganizarle, según el día. Elara, aunque inicialmente sobresaltada por la interrupción, no pudo evitar notar la vivacidad en sus ojos al hablar de los libros; explicó su búsqueda y él, con una memoria prodigiosa, la guio sin titubear a una sección olvidada. Mientras él rebuscaba entre las estanterías polvorientas, ella comentó sobre la evidente falta de método, la belleza inherente al orden, a lo que él replicó que la vida, al igual que las mejores narrativas, rara vez se ajusta a un esquema rígido, provocando una punzada de algo indefinible en el pecho de Elara, pues parecían habitantes de universos opuestos. Leo, triunfante, le entregó el ejemplar, y sus dedos se encontraron por un instante, un contacto fugaz que despertó una sensación inesperada en Elara. Al abandonar la tienda, sintió que no solo había conseguido un volumen raro, sino que había descubierto un desorden que, paradójicamente, la atraía con una fuerza inusitada. Horas después, Leo encontró en el mostrador una pequeña tarjeta de visita, de impecable diseño, con el nombre «Elara Vargas, Arquitecta». Debajo, con una caligrafía diminuta y casi imperceptible, ella había añadido: «Quizás el desorden no es tan adverso después de todo. Vuelvo mañana por otro tomo singularmente caótico». Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro, y el mundo, para él, adquirió un nuevo y fascinante matiz de desorganización prometedora.
Un tomo desordenado
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