El sol se había desvanecido hacía generaciones, eclipsado por la cúpula de metal que ahora envolvía el mundo, una prisión gris y fría. Kaelen, con su respirador adherido al rostro, avanzaba por los túneles de servicio, sus pasos amortiguados por el polvo acumulado. La Gran Purificación había erradicado la individualidad, fusionando mentes en un colectivo uniforme, pero en su interior, una chispa de disidencia ardía, alimentada por fragmentos de memorias prohibidas, susurros de un ayer vibrante. Había aprendido de su abuela, antes de que fuera reabsorbida por la Conciencia Unificada, que el exterior aún existía, una tierra de cielos abiertos y vegetación salvaje, un mito para la mayoría, una esperanza para él. Se detuvo ante una compuerta oxidada, su código de acceso parpadeando en su visor. El pitido agudo del escáner resonó en la cavidad metálica, seguido por un silencio tenso. La puerta cedió con un gemido metálico, revelando no la negrura esperada, sino una luz pálida y desconocida. Era una rendija, un hilo de brillo que se filtraba desde arriba, prometiendo un cosmos que solo había imaginado en los sueños clandestinos. Con el corazón latiendo desbocado contra sus costillas, Kaelen empujó la compuerta con todas sus fuerzas, sintiendo el aire, diferente, cargado de aromas indescifrables, invadir sus pulmones. La visión que se desplegó ante él era abrumadora: un firmamento salpicado de puntos incandescentes, un lienzo oscuro adornado con maravillas celestiales, y bajo él, una tierra verde y ondulante que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, bañada por la luz plateada de una luna solitaria. Había cruzado el umbral, dejando atrás el lastre opresivo de la humanidad domesticada, para encontrarse en el umbral de un nuevo comienzo, marcado únicamente por la cicatriz luminiscente que ahora brillaba en su propia piel, un vestigio de su insumisión.
La Cicatriz Luminiscente
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