Anselmo, propietario de «El Reposo Final», no era un empresario funerario al uso; su verdadera vocación residía en la gastronomía del último adiós, una especialidad que él denominaba «cocina de la trascendencia». Su más reciente innovación, y la que había catapultado su fama en el sector, era «El Banquete del Recuerdo», un servicio exclusivo donde los restos cremados del difunto se transformaban en el ingrediente principal de un plato personalizado, honrando así los gustos o la profesión del fallecido. Una tarde, la señora Dolores, una viuda de aspecto impecable y mirada pétrea, acudió a su establecimiento con una solicitud particular: -Mi difunto esposo, don Ramón, fue un panadero consumado, un artista de la masa. Quiero que se convierta en el cruasán más perfecto que haya existido -sentenció ella con una solemnidad que rayaba en lo grotesco. Anselmo, ya curtido en las más variopintas excentricidades, aceptó el encargo con su habitual profesionalismo, aunque la idea de amasar cenizas con mantequilla y levadura le provocara una punzada de incomodidad. La elaboración fue un desafío técnico y ético, pero el resultado, un cruasán dorado, hojaldrado y de aroma inconfundible, fue presentado con orgullo. La señora Dolores dio un bocado pausado, sus ojos se humedecieron ligeramente y una sonrisa lánguida se dibujó en sus labios. -¡Es él! -exclamó, con una mezcla de nostalgia y deleite-. ¡Exactamente como lo recordaba! Anselmo sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal, pero la viuda, ya recuperada de su éxtasis gustativo, solicitó una docena más para el aniversario de bodas. El negocio de Anselmo floreció, y pronto le llegaban peticiones para galletas de la abuela, un estofado del tío cazador o incluso un cóctel del bohemio de la familia, mientras él se preguntaba si algún día un cliente encargaría un plato de sí mismo, para «probar el futuro», una ironía tan dulce como el glaseado que a veces añadía a sus preparaciones más delicadas.
Degustación Póstuma
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